ROSA BELMONTE | MADRID
08 febrero, 2010
«No se le ocurra hablar bien de mí»
Adolfo Suárez (Ginés García Millán), saliendo de la Moncloa (A-3)
Ferran Monegal
Machacada por la contraprogramación salvaje de la ratomaquia de Tele 5 –se pasan por el forro la ley audiovisual a cambio de pagar una multita–, ha concluido esta semana el segundo y último capítulo de Adolfo Suárez, el presidente. Cabe felicitar de nuevo a A-3 TV: invertir en producciones como esta es una estimable rareza en el paisaje de las cadenas privadas de la tele. Destaquemos dos momentos particularmente disfrutables. El primero, el encuentro de Suárez con Felipe González (Luis Rallo) en un chaletito a las afueras de Madrid. Comienzan hablándose de usted, a los dos minutos ya se tutean, y en un momento dado Felipe, un punto alarmado, le pregunta: «Oye Adolfo, ¿no estarás grabando esta conversación, verdad?». ¡Ah!, Suárez pega un respingo, y advierte entonces, también un poco preocupado: «No creo..., esta es la casa de un periodista». Efectivamente, era la casa del querido y recordado compañero Eduardo Haro Tecglen. Y entonces se ponen los dos a buscar micros –debajo de la mesa, detrás del reloj de pared...–, y no había micros. Otro instante resaltable es el primer encuentro con Santiago Carrillo (Pep Cortés). La química fluye enseguida entre ambos líderes. Brota el feeling y la campechanía. Se invitan a tabaco mutuamente. Nace una simpatía en su gloriosa condición de fumadores empedernidos. Al final, Suárez le advierte, satisfecho: «Tengo que hacerle una petición: a partir de ahora no se le ocurra hablar bien de mí. Póngame siempre a parir». Y Carrillo, con una retranca muy sabrosa, concluye: «Por mí que no quede. Se hará lo que se pueda». ¡Ah! Hemos disfrutado mucho. Cabe solo un reproche al director de este trabajo, Santiago Cabrera, que ya demostró su talento dirigiendo Cuéntame... para TVE-1: le ha faltado incluir en este retrato de Suárez sus momentos con Tarradellas. No es una reclamación de simple ciudadano catalán la que le hago: es haber echado en falta uno de los momentos clave de la historia de España y de Catalunya, y seguramente uno de los encuentros más apasionantes de la historia de la política. Hay versiones muy divertidas de esta reunión. Dicen que Tarradellas comenzó llamándole «Niñato centralista», y Suárez replicó: «Y usted está gagá». Y acabaron sintiendo el uno por el otro una admiración y un respeto muy profundos.
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07 febrero, 2010
A propósito de Suárez
MANUEL ALCARAZ RAMOS
He visto estas semanas la mini-serie que ha emitido una cadena televisiva sobre la vida de Adolfo Suárez. Con un formato correcto, se dedica, como era imaginable, a honrar una figura que, a la vez, causa justa admiración y algo de mala conciencia en el pueblo español. Matizo: en buena parte de pueblo español, porque, por ejemplo, para mis alumnos Suárez es una presencia lejana, asociada oscuramente a unos hechos que también son lejanos. Desde este punto de vista es bueno que se asomen a una Historia que, aún, es nuestra Historia. Como era de esperar, las películas omiten las zonas de oscuridad de la biografía del que fue presidente del Gobierno, para adornarle, quizá en exceso, de una capacidad de análisis y previsión que fue más bien el fruto feliz de un acendrado oportunismo y de una desbordada ambición. Es como si genéticamente Suárez estuviera destinado a "traernos" la democracia -con el Rey, siempre con el Rey-. Otra cosa es que ese oportunismo de hábil pescador en las aguas revueltas del franquismo, acabara transformándose en auténtica e impecable convicción democrática.
En todo caso una serie televisiva ha de caer en estas imprecisiones -y en otras- porque de lo contrario chirriaría al espectador, tan acostumbrado a un retrato de la Transición repleto de "pilotos" y "motores" sabios e incorruptibles. En los episodios hay un sujeto ausente: el pueblo. Apenas si emerge -imposible de ocultar- en el entierro de los asesinados del despacho laboralista de Atocha. Y otras veces aparecen segmentos de población díscolos, incapaces de entender la altura de miras del presidente. Pero mientras en los pasillos de pasos perdidos los jerarcas daban presuntamente a luz una democracia salida de sus mitológicas cabezas, afuera, en miles de fábricas, universidades, barrios o revistas ciclostiladas, bullía un enjambre de reivindicaciones, de esperanzas, de incertidumbres. Todo ese empuje es el que hizo posible que la democracia fuera inevitable, aunque algunos políticos le dieran formaÉ y marcaran sus límites. Y si esos límites se rebasaron fue por ese mismo impulso social. La habilidad de Suárez y de otros fue comprenderlo, saber que había un pacto implícito que cumplir, aunque cada cuál -unos con más capacidad de presión que otros- arrimaran el ascua a su sardina.
Pero, desde estas coordenadas, caben a día de hoy otras reflexiones. Ha habido y hay retratos televisivos o literarios de Suárez, Gutiérrez Mellado, Tarancón y del Rey, y ya están Felipe González o Carrillo disponibles como contrapunto, como actores reconocidos; tarde o temprano tendrán su protagonismo. ¿Imaginaban esto en la Transición? Seguramente no, pero sí dejan testimonio de que eran conscientes de vivir un momento histórico, o sea, de tener que rendir cuentas ante la Historia. Y la Historia, o sea, nosotros, les vamos juzgando, con claroscuros, benévolamente. Pero: ¿creerán los líderes actuales -Aznar, Zapatero, RajoyÉ- que merecerán de los mismos honores? No creo. Sin ninguna duda vivimos en tiempos postheroicos, aunque nunca como ahora, cada suceso es ornado por los vacuos comentaristas de la actualidad como hecho histórico: sea un partido de fútbol, la boda de unos famosos o unas elecciones. Pero sabemos que no es así, que la Historia como proyecto de legitimación social y política yace desgastada por su abuso. Las causas son múltiples, y no es el lugar para diseccionarlas. Pero sigue siendo pertinente la cuestión: ¿no podrían nuestros dirigentes mirarse en sus antecesores, tan homenajeados, para ajustar algunas conductas, para redibujar su estilo, para, en fin, saberse en la Historia y hacérnoslo notar?
Aquella no fue por casualidad una generación de grandes políticos, pero tuvieron un sentido de lo institucional, de respeto por lo colectivo, de poner lo común por encima del corto plazo de los intereses partidarios, que hoy causa envidia. De acuerdo: era otra época y esas decisiones eran mecanismos de adaptación que decidían la vida o la muerte de la democracia; y, además, la democracia, una vez consolidada, es ante todo disenso. Pero, aun así, ¿por qué nuestros líderes lloran de emoción cada vez que rememoran el consenso y son tan incapaces de llegar a acuerdos en materias trasversales, importantes, incluida, por cierto, la reforma constitucional? ¿No será que también se ha quemado el consenso a base de ritualizarlo, de mitificarlo, de "tunearlo" para convertirlo -¡qué ironía!- en un arma arrojadiza contra el adversario? No sé, pero algo ha fallado en la construcción de una cultura democrática en España: tan exitosa en lo institucional, tan dada a festejar su origen, ha dejado deslizar hasta el olvido, con demasiada facilidad, el protagonismo popular, las acciones colectivas como factor de legitimación de esa "Democracia avanzada" de la que habla el preámbulo constitucional. Y eso no es mirar al pasado: necesitamos conocer más y mejor la Historia de unos años para revitalizar nuestra demopocracia, para exigir ejemplaridad en nuestros líderes, para saber que las luchas minúsculas por la democracia no carecieron de sentido. Esa otra forma de memoria histórica, difícil de retratar en una televisión, es nuestra asignatura pendiente. Y necesitamos aprobarla, para no dejar en manos de jefes lejanos las decisiones mientras, pasiva, resignadamente, nos cabreamos en cada telediario.
En todo caso una serie televisiva ha de caer en estas imprecisiones -y en otras- porque de lo contrario chirriaría al espectador, tan acostumbrado a un retrato de la Transición repleto de "pilotos" y "motores" sabios e incorruptibles. En los episodios hay un sujeto ausente: el pueblo. Apenas si emerge -imposible de ocultar- en el entierro de los asesinados del despacho laboralista de Atocha. Y otras veces aparecen segmentos de población díscolos, incapaces de entender la altura de miras del presidente. Pero mientras en los pasillos de pasos perdidos los jerarcas daban presuntamente a luz una democracia salida de sus mitológicas cabezas, afuera, en miles de fábricas, universidades, barrios o revistas ciclostiladas, bullía un enjambre de reivindicaciones, de esperanzas, de incertidumbres. Todo ese empuje es el que hizo posible que la democracia fuera inevitable, aunque algunos políticos le dieran formaÉ y marcaran sus límites. Y si esos límites se rebasaron fue por ese mismo impulso social. La habilidad de Suárez y de otros fue comprenderlo, saber que había un pacto implícito que cumplir, aunque cada cuál -unos con más capacidad de presión que otros- arrimaran el ascua a su sardina.
Pero, desde estas coordenadas, caben a día de hoy otras reflexiones. Ha habido y hay retratos televisivos o literarios de Suárez, Gutiérrez Mellado, Tarancón y del Rey, y ya están Felipe González o Carrillo disponibles como contrapunto, como actores reconocidos; tarde o temprano tendrán su protagonismo. ¿Imaginaban esto en la Transición? Seguramente no, pero sí dejan testimonio de que eran conscientes de vivir un momento histórico, o sea, de tener que rendir cuentas ante la Historia. Y la Historia, o sea, nosotros, les vamos juzgando, con claroscuros, benévolamente. Pero: ¿creerán los líderes actuales -Aznar, Zapatero, RajoyÉ- que merecerán de los mismos honores? No creo. Sin ninguna duda vivimos en tiempos postheroicos, aunque nunca como ahora, cada suceso es ornado por los vacuos comentaristas de la actualidad como hecho histórico: sea un partido de fútbol, la boda de unos famosos o unas elecciones. Pero sabemos que no es así, que la Historia como proyecto de legitimación social y política yace desgastada por su abuso. Las causas son múltiples, y no es el lugar para diseccionarlas. Pero sigue siendo pertinente la cuestión: ¿no podrían nuestros dirigentes mirarse en sus antecesores, tan homenajeados, para ajustar algunas conductas, para redibujar su estilo, para, en fin, saberse en la Historia y hacérnoslo notar?
Aquella no fue por casualidad una generación de grandes políticos, pero tuvieron un sentido de lo institucional, de respeto por lo colectivo, de poner lo común por encima del corto plazo de los intereses partidarios, que hoy causa envidia. De acuerdo: era otra época y esas decisiones eran mecanismos de adaptación que decidían la vida o la muerte de la democracia; y, además, la democracia, una vez consolidada, es ante todo disenso. Pero, aun así, ¿por qué nuestros líderes lloran de emoción cada vez que rememoran el consenso y son tan incapaces de llegar a acuerdos en materias trasversales, importantes, incluida, por cierto, la reforma constitucional? ¿No será que también se ha quemado el consenso a base de ritualizarlo, de mitificarlo, de "tunearlo" para convertirlo -¡qué ironía!- en un arma arrojadiza contra el adversario? No sé, pero algo ha fallado en la construcción de una cultura democrática en España: tan exitosa en lo institucional, tan dada a festejar su origen, ha dejado deslizar hasta el olvido, con demasiada facilidad, el protagonismo popular, las acciones colectivas como factor de legitimación de esa "Democracia avanzada" de la que habla el preámbulo constitucional. Y eso no es mirar al pasado: necesitamos conocer más y mejor la Historia de unos años para revitalizar nuestra demopocracia, para exigir ejemplaridad en nuestros líderes, para saber que las luchas minúsculas por la democracia no carecieron de sentido. Esa otra forma de memoria histórica, difícil de retratar en una televisión, es nuestra asignatura pendiente. Y necesitamos aprobarla, para no dejar en manos de jefes lejanos las decisiones mientras, pasiva, resignadamente, nos cabreamos en cada telediario.
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04 febrero, 2010
reloj de sol
Adolfo Suárez, el presidente
Joaquín Pérez Azaústre | Actualizado 04.02.2010 - 01:00
SUÁREZ tira de encanto y persuasión cuando se gira lentamente hacia atrás, y se levanta, con esa parsimonia de quien es dueño de su propio futuro, de quien está viviendo su futuro, porque después, ya en la arena política de ahora, se le recordará por un momento: no sólo cuando se giró lentamente hacia atrás para pedirle fuego al guardia civil que le estaba custodiando, no únicamente cuando se fue ganando lentamente su fría confianza, y tampoco cuando permaneció, impertérrito, distinguido y sentado, mientras los tiros atronaban el Congreso, o cuando se encaró con los golpistas para defender la integridad de Manuel Gutiérrez Mellado; no, en ninguno de todos estos momentos ha sido Suárez tan heroico, ha tirado menos de encanto y persuasión como de estatura histórica, como cuando Tejero se fue directamente contra él y le plantó la pistola en el pecho, y le amenazó con asesinarlo allí mismo, y Suárez le espetó: "Aún soy el presidente del Gobierno. ¡Cuádrese!", y Tejero se quedó triste y helado de mediocridad.
Nunca he ocultado mi debilidad por Adolfo Suárez. Tengo todavía recuerdos vagos de televisión, y la melodía del CDS me es remotamente familiar: "Vota CDS, vota libertad, vota al Centro Democrático y Social", que fue la última estación no de un centro real, sino de la carrera política de un hombre que encararía después un propio calvario personal mucho peor que la caída de su carrera política: el pronóstico de cáncer en su mujer y en sus hijas. En alguna biografía leída hace bastante, quizá de Carlos Abella, una enfermera le dice en un momento a Suárez: "A vosotros Dios no os prueba, os mastica", porque la espiral de dolor íntimo, cercano y familiar que sacudió a Suárez hasta que, poco a poco, ese cerebro audaz se fue despegando paulatinamente de la realidad inmediata, fue el tramo final y más desgarrador en que mostrar su justa dignidad. Antes, mucho antes, se supo abandonado de todos y por todos, le trituraron los de fuera, y también desde dentro, y también los más cercanos: así, durante mucho tiempo, el cadáver político de Suárez fue la gran bacanal en que comieron todos, porque las mismas cualidades que le habían hecho ser el mejor candidato para liderar la Transición, ese arrojo sensato en situaciones de riesgo, una inteligencia natural para forzar la mejor ocasión y una fidelidad inquebrantable, ya no servían en la normalidad.
Suárez da para un libro, para cientos de libros, y para una novela. Desde luego, ha dado para la mejor serie de televisión rodada hasta el momento sobre la Transición, con más fidelidad, mejor guión y una interpretación que nos hace creer que estamos de verdad asistiendo al nacimiento de la democracia en España. Adolfo Suárez vivió para un momento, mientras purgaba luego los pecados por la libertad de todos.
Nunca he ocultado mi debilidad por Adolfo Suárez. Tengo todavía recuerdos vagos de televisión, y la melodía del CDS me es remotamente familiar: "Vota CDS, vota libertad, vota al Centro Democrático y Social", que fue la última estación no de un centro real, sino de la carrera política de un hombre que encararía después un propio calvario personal mucho peor que la caída de su carrera política: el pronóstico de cáncer en su mujer y en sus hijas. En alguna biografía leída hace bastante, quizá de Carlos Abella, una enfermera le dice en un momento a Suárez: "A vosotros Dios no os prueba, os mastica", porque la espiral de dolor íntimo, cercano y familiar que sacudió a Suárez hasta que, poco a poco, ese cerebro audaz se fue despegando paulatinamente de la realidad inmediata, fue el tramo final y más desgarrador en que mostrar su justa dignidad. Antes, mucho antes, se supo abandonado de todos y por todos, le trituraron los de fuera, y también desde dentro, y también los más cercanos: así, durante mucho tiempo, el cadáver político de Suárez fue la gran bacanal en que comieron todos, porque las mismas cualidades que le habían hecho ser el mejor candidato para liderar la Transición, ese arrojo sensato en situaciones de riesgo, una inteligencia natural para forzar la mejor ocasión y una fidelidad inquebrantable, ya no servían en la normalidad.
Suárez da para un libro, para cientos de libros, y para una novela. Desde luego, ha dado para la mejor serie de televisión rodada hasta el momento sobre la Transición, con más fidelidad, mejor guión y una interpretación que nos hace creer que estamos de verdad asistiendo al nacimiento de la democracia en España. Adolfo Suárez vivió para un momento, mientras purgaba luego los pecados por la libertad de todos.
Opiniónes en Facebook
Deborah Wong ha escritoHace 4 horas en :
ADOLFO SUAREZ
A man to admire
I don't know Mr Suarez when he was in power, but was in awe and have to say thousand thanks to him for his vision, his determination and his selfishless to lead Spain from a dictionship to democracy. I also want to say how unfair life is for a man of his magnitude to have Alzemar disease in his old age. Without his courage and dedication to his beloved country Spainards nowadays would not have been able to enjoy the freedom of the modern day Spain. Thank you President. I first visited Spain in 1981 and lived here from 1984-1992. And i am back last year. I simply love this country and thank to him he made it possible for a foreigner like me. God bless you Mr Suarez.
Deborah
ADOLFO SUAREZ
http://www.facebook.com/
A man to admire
I don't know Mr Suarez when he was in power, but was in awe and have to say thousand thanks to him for his vision, his determination and his selfishless to lead Spain from a dictionship to democracy. I also want to say how unfair life is for a man of his magnitude to have Alzemar disease in his old age. Without his courage and dedication to his beloved country Spainards nowadays would not have been able to enjoy the freedom of the modern day Spain. Thank you President. I first visited Spain in 1981 and lived here from 1984-1992. And i am back last year. I simply love this country and thank to him he made it possible for a foreigner like me. God bless you Mr Suarez.
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03 febrero, 2010
Antena 3 emite esta noche el último capítulo de 'Adolfo Suárez: El presidente'
http://sdp.terra.com/tvthb/523074.jpg
Ginés García Millán: "Quería saber cómo era Adolfo Suárez en las distancias cortas"
El actor acaba de salir airoso de uno de los mayores retos de su carrera: interpretar Adolfo Suárez, una de las personalidades más importantes y controvertidas de la historia reciente de España.
La mini serie ‘Adolfo Suárez: El presidente’ le ha ofrecido a Ginés García Millán (Puerto Lumbreras, Murcia, 10 de septiembre de 1964) la oportunidad de recrear algunos de los momentos clave de la Transición de la mano de uno de sus protagonistas, un político que luchó contra viento y marea por sentar las bases de la democracia española en una época marcada por la ilusión y la incertidumbre. La luminosa cafetería acristalada de la quinta planta del Hotel Petit Palace Alcalá Torre fue el espacio elegido para charlar con el actor, que ha logrado gran popularidad gracias a sus papeles en series de televisión de éxito como 'Periodistas', 'Motivos personales', 'Herederos' o más recientemente, 'La Señora'. García Millán no dudó en elegir un papel que considera "un regalo, un sueño y una responsabilidad añadida porque es un personaje muy querido y admirado".
La mini serie ‘Adolfo Suárez: El presidente’ le ha ofrecido a Ginés García Millán (Puerto Lumbreras, Murcia, 10 de septiembre de 1964) la oportunidad de recrear algunos de los momentos clave de la Transición de la mano de uno de sus protagonistas, un político que luchó contra viento y marea por sentar las bases de la democracia española en una época marcada por la ilusión y la incertidumbre. La luminosa cafetería acristalada de la quinta planta del Hotel Petit Palace Alcalá Torre fue el espacio elegido para charlar con el actor, que ha logrado gran popularidad gracias a sus papeles en series de televisión de éxito como 'Periodistas', 'Motivos personales', 'Herederos' o más recientemente, 'La Señora'. García Millán no dudó en elegir un papel que considera "un regalo, un sueño y una responsabilidad añadida porque es un personaje muy querido y admirado".Más allá del reto que suponía lograr el mimetismo físico que requería el personaje, el actor era consciente de que "la verdadera dificultad que tenía el personaje era hacerlo creíble, que fuese de verdad, alejado de la mera imitación". Para lograr este trabajo, que implicaba bucear en la psicología de Adolfo Suárez para entender mejor su contexto social y político, manejó mucha documentación y numeroso material de archivo: "Toda la información es necesaria, toda la información suma pero llega un momento en que tienes que elegir y ceñirte a aquello que han creados los guionistas y a lo que quiere el director".
Tratar de entrar en la esencia del personaje, en las circunstancias que le rodeaban, era uno de los principales desafíos: "Yo quería entenderlo muy bien, saber por qué actuaba así, qué es lo que quería realmente, qué es lo que sabía y escondía, qué es lo que él no quería que se supiese de él". Según el actor, las aristas de Adolfo Suárez le acercan "a un personaje de teatro clásico, inmenso e inabarcable". A través de su mirada, la serie acerca al espectador "a un país que despertaba a todo lo nuevo, que tenía muchas ganas de cambiar, una energía especial".
La tv movie se apunta a la rentable moda de llevar a la pequeña pantalla acontecimientos destacados de nuestra historia reciente, como es el caso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 (’23 F: El día más difícil del Rey’) o el intento de asesinato de Juan Carlos I por parte de ETA (‘Una bala para el rey’). Como reconoce García Millán, los responsables de esta producción de Antena 3 han decidido “hacer la película que Adolfo Suárez se merece como político y como hombre”, un trabajo en el que sus responsables se han quedado “con lo bueno del personaje, y de lo bueno, lo mejor”. Puede que el respeto con el que se ha abordado la figura del primer presidente de la democracia (que, a pesar del reconocimiento adquirido con el paso del tiempo, todavía sigue siendo objeto de polémica) haya dejado de lado alguna de las sombras de su trayectoria vital y profesional. García Ginés tiene claro que esa era la apuesta de los productores, los guionistas y del director: "Otros que pongan la cámara en otro sitio contarán otra cosa".
Estrenada el pasado miércoles con una audiencia de algo más de tres millones de espectadores y un 15,6% de share (cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta que Tele 5 cambió de día la final de ‘Gran hermano 11’), ‘Adolfo Suárez: El presidente’ no ha generado reacciones negativas por parte de la familia: "Creo que se tienen que sentir muy orgullosos porque es un homenaje a su figura, al hombre y al político. No he hablado con ellos directamente pero me han llegado comentarios sobre que estaban contentos".
Ginés García Millán es un artista de vocación que tiene claro que su profesión es una carrera de fondo en la que es necesario mantener siempre el espíritu de trabajar en cada proyecto como si fuese el primero. A lo largo de los años ha aprendido que “es necesario trabajar e ir creciendo con el trabajo, independientemente si es cine, teatro o televisión”. Embarcado en la gira teatral de la obra ‘Glengarry Glen Ross’, experiencia que le sirve para recargar pilas a través del contacto directo con el público, el actor afirma que, con los años, ha logrado la madurez necesaria para ser consciente de que "menos siempre es mas y que hay otras maneras de llegar a tu objetivo. Esto es lo apasionante de nuestra profesión".
fuente:http://noticias.terra.es
Tratar de entrar en la esencia del personaje, en las circunstancias que le rodeaban, era uno de los principales desafíos: "Yo quería entenderlo muy bien, saber por qué actuaba así, qué es lo que quería realmente, qué es lo que sabía y escondía, qué es lo que él no quería que se supiese de él". Según el actor, las aristas de Adolfo Suárez le acercan "a un personaje de teatro clásico, inmenso e inabarcable". A través de su mirada, la serie acerca al espectador "a un país que despertaba a todo lo nuevo, que tenía muchas ganas de cambiar, una energía especial".
La tv movie se apunta a la rentable moda de llevar a la pequeña pantalla acontecimientos destacados de nuestra historia reciente, como es el caso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 (’23 F: El día más difícil del Rey’) o el intento de asesinato de Juan Carlos I por parte de ETA (‘Una bala para el rey’). Como reconoce García Millán, los responsables de esta producción de Antena 3 han decidido “hacer la película que Adolfo Suárez se merece como político y como hombre”, un trabajo en el que sus responsables se han quedado “con lo bueno del personaje, y de lo bueno, lo mejor”. Puede que el respeto con el que se ha abordado la figura del primer presidente de la democracia (que, a pesar del reconocimiento adquirido con el paso del tiempo, todavía sigue siendo objeto de polémica) haya dejado de lado alguna de las sombras de su trayectoria vital y profesional. García Ginés tiene claro que esa era la apuesta de los productores, los guionistas y del director: "Otros que pongan la cámara en otro sitio contarán otra cosa".
Estrenada el pasado miércoles con una audiencia de algo más de tres millones de espectadores y un 15,6% de share (cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta que Tele 5 cambió de día la final de ‘Gran hermano 11’), ‘Adolfo Suárez: El presidente’ no ha generado reacciones negativas por parte de la familia: "Creo que se tienen que sentir muy orgullosos porque es un homenaje a su figura, al hombre y al político. No he hablado con ellos directamente pero me han llegado comentarios sobre que estaban contentos".
Ginés García Millán es un artista de vocación que tiene claro que su profesión es una carrera de fondo en la que es necesario mantener siempre el espíritu de trabajar en cada proyecto como si fuese el primero. A lo largo de los años ha aprendido que “es necesario trabajar e ir creciendo con el trabajo, independientemente si es cine, teatro o televisión”. Embarcado en la gira teatral de la obra ‘Glengarry Glen Ross’, experiencia que le sirve para recargar pilas a través del contacto directo con el público, el actor afirma que, con los años, ha logrado la madurez necesaria para ser consciente de que "menos siempre es mas y que hay otras maneras de llegar a tu objetivo. Esto es lo apasionante de nuestra profesión".
fuente:http://noticias.terra.es
El desenlace de 'Aldolfo Suárez, el presidente', esta noche en Antena 3
Más de tres millones de espectadores
Antena 3 emite esta noche el desenlace de la mini serie Adolfo Suárez, el presidente, segunda y última parte del relato sobre la trayectoria personal y política del primer presidente de la democracia española.
antena3noticias.com Madrid, 03.02.2010 | 14:48 h.
Antena 3 emite esta noche el desenlace de la mini serie Adolfo Suárez, el presidente, segunda y última parte del relato sobre la trayectoria personal y política del primer presidente de la democracia española.
Producida por Antena 3 Films y Europroducciones TV, la película para televisión ha cosechado una gran acogida por parte de la audiencia. La primera entrega fue seguida por más de tres millones de espectadores.
Al término del capítulo Antena 3 emite el documental La España de Suárez, que hace un repaso por aquellos años claves en la historia de nuestro país.
fuente: http://www.antena3noticias.com/
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Buscando a Adolfo Suárez desesperadamente
Ante la serie de televisión que se anuncia sobre el gran protagonista de la transición política española.
LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES
Primero fue aquella foto en el verano de 2008 en la que el Rey y Adolfo Suárez, desandando los dos, se diría que camino de aquel tiempo irrepetible tras la muerte de Franco. Después, supimos de un libro, más oportunista que oportuno, cuyo título parodiaba una conocida obra de Josefina Carabias sobre Azaña, y que decía ser una biografía del ex presidente del Gobierno. Después, se emitieron versiones televisivas del 23- F. Y ahora se anuncia una serie sobre la vida del gran protagonista de la transición política española. Forzoso resulta, así las cosas, preguntarse a qué obedece este afán de rescatar el recuerdo de una figura política que, según parece, ya no puede recordarse a sí mismo, para quien el pasado podría describirse con aquellos conocidos versos, tan amargos como geniales que dicen: «-¡Memoria, ciega abeja de amargura!-/ ¡No sé cómo eras, yo que sé qué fuiste!».
Suárez -perogrullesco es decirlo- representa un tiempo y un país que cambiaban, un momento histórico envidiable en tanto se pensaba y se sentía que casi todo estaba por hacer. Frente a aquel tiempo, está el nuestro. Y es ineludible tratar de responder a un interrogante. ¿Se añora a Suárez en la medida en que desearíamos vivir una etapa en la que lo deseable y lo posible se sentían mucho más cercanos que ahora? ¿O se trataría, antes bien, de que ambos momentos históricos tienen en común la necesidad de grandes cambios con la diferencia de que ahora no hay un gran hacedor para llevarlos a cabo? Algo hay de cierto en cada una de estas hipótesis, sobre todo en la primera.
La revista «Cambio 16» habló en su editorial de que el primer Ejecutivo que formó Suárez en el 76 era «un Gobierno de penenes». (Tendrían que pasar años para que alguien escribiese la ingeniosa maldad que sigue: «Los penenes fueron los alféreces provisionales de la democracia».)
Suárez no se caracterizaba por ser un gran orador, ni tampoco poseía un discurso con una gran consistencia intelectual. Pero, hasta junio del 77, había cumplido sus objetivos. En un momento dado, hay maniobras políticas para crear un partido político a su servicio, al tiempo que el franquismo más nostálgico se organizaba en torno a Fuerza Nueva y a Alianza Popular, formado este último por ex ministros franquistas. El PSOE, que había estado de vacaciones, que comparecía tras haber orillado a dirigentes históricos como Rodolfo Llopis, obtenía un magnífico resultado, mientras que el PCE, entonces tan temido, se quedaba muy por debajo de las expectativas, a pesar de que había moderado enormemente su discurso.
Suárez ganaba las primeras elecciones apoyándose en un partido en el que destacaban más las individualidades que, andando el tiempo, darían al traste con el proyecto. Y revalidaba su victoria en el 79. La Constitución estaba aprobada, y se diría que el proceso de cambio se había consolidado. Pero el terrorismo golpeaba con fuerza, el descontento era grande en muchos sectores, su partido se rompía, hasta que llegó su dimisión en vísperas del 23- F. La gran pregunta que todos nos seguimos haciendo es por qué dimitió y hasta qué punto creía que con esa decisión conjuraba el peligro del intento de golpe de Estado que se produjo durante la investidura de Calvo-Sotelo. Vendría más tarde la creación de un nuevo partido, el CDS, que terminó por desaparecer, víctima, entre otras cosas, del bipartidismo.
Al margen de sus méritos, que no discuto, ¿no habrá en todo esto una añoranza de un tiempo en el que la mediocridad no era tan abrumadora en la vida pública? ¿No existirá también nostalgia por un tiempo en el que la mayoría de las gentes que participaba en la política no eran profesionales de ella y se dedicaban a esa función defendiendo un proyecto de país con el que se podía estar más o menos de acuerdo, pero que en muchos casos estaba distante y ajeno de asegurarse canonjías? ¿No habrá una necesidad de desear que exista mayor voluntad política para los acuerdos, en lugar de tanta crispación?
Pero no se olvide una cosa muy importante: la realidad política de hoy es no pequeña parte herencia de aquella época, con sus listas cerradas, su ley electoral injusta, su afán de favorecer el bipartidismo y así sucesivamente. Puede que, en todo caso, aquello no pudiera resolverse entonces, y que ahora este tiempo demande unos cambios que la mal llamada clase política no está dispuesta a llevar a cabo, mucho más pendiente de sí misma que de los problemas de una sociedad que ve en los políticos el mayor problema tras el paro y la situación económica.
Puede que la sociedad no vea en ningún partido ni en ningún líder la capacidad de acometer los cambios que se demandan. Y que de ahí derive en buena parte la nostalgia hacia una figura histórica que cambió este país, hasta que llegó «el cambio» prometido por González en su abrumadora e irrepetible victoria del 82, «cambio» que no fue tal, o que, en todo caso, no respondió a lo que de aquello se esperaba.
Si hay algo que no se le puede negar a Suárez fue que llevó a término las expectativas que en él estaban puestas y que demostró una capacidad de diálogo que ninguno de sus sucesores en el Gobierno tuvo.
Y, dados los tiempos que vivimos, la presencia en la vida pública de alguien dispuesto a hacer realidad las transformaciones necesarias con capacidad de diálogo rozaría hoy lo milagroso.
Se explica, así las cosas, tanta remembranza de una figura política que en su momento fue mucho más denostada que ensalzada.
Publicado inicialmente:http://www.lne.es/
La revista «Cambio 16» habló en su editorial de que el primer Ejecutivo que formó Suárez en el 76 era «un Gobierno de penenes». (Tendrían que pasar años para que alguien escribiese la ingeniosa maldad que sigue: «Los penenes fueron los alféreces provisionales de la democracia».)
Suárez no se caracterizaba por ser un gran orador, ni tampoco poseía un discurso con una gran consistencia intelectual. Pero, hasta junio del 77, había cumplido sus objetivos. En un momento dado, hay maniobras políticas para crear un partido político a su servicio, al tiempo que el franquismo más nostálgico se organizaba en torno a Fuerza Nueva y a Alianza Popular, formado este último por ex ministros franquistas. El PSOE, que había estado de vacaciones, que comparecía tras haber orillado a dirigentes históricos como Rodolfo Llopis, obtenía un magnífico resultado, mientras que el PCE, entonces tan temido, se quedaba muy por debajo de las expectativas, a pesar de que había moderado enormemente su discurso.
Suárez ganaba las primeras elecciones apoyándose en un partido en el que destacaban más las individualidades que, andando el tiempo, darían al traste con el proyecto. Y revalidaba su victoria en el 79. La Constitución estaba aprobada, y se diría que el proceso de cambio se había consolidado. Pero el terrorismo golpeaba con fuerza, el descontento era grande en muchos sectores, su partido se rompía, hasta que llegó su dimisión en vísperas del 23- F. La gran pregunta que todos nos seguimos haciendo es por qué dimitió y hasta qué punto creía que con esa decisión conjuraba el peligro del intento de golpe de Estado que se produjo durante la investidura de Calvo-Sotelo. Vendría más tarde la creación de un nuevo partido, el CDS, que terminó por desaparecer, víctima, entre otras cosas, del bipartidismo.
Al margen de sus méritos, que no discuto, ¿no habrá en todo esto una añoranza de un tiempo en el que la mediocridad no era tan abrumadora en la vida pública? ¿No existirá también nostalgia por un tiempo en el que la mayoría de las gentes que participaba en la política no eran profesionales de ella y se dedicaban a esa función defendiendo un proyecto de país con el que se podía estar más o menos de acuerdo, pero que en muchos casos estaba distante y ajeno de asegurarse canonjías? ¿No habrá una necesidad de desear que exista mayor voluntad política para los acuerdos, en lugar de tanta crispación?
Pero no se olvide una cosa muy importante: la realidad política de hoy es no pequeña parte herencia de aquella época, con sus listas cerradas, su ley electoral injusta, su afán de favorecer el bipartidismo y así sucesivamente. Puede que, en todo caso, aquello no pudiera resolverse entonces, y que ahora este tiempo demande unos cambios que la mal llamada clase política no está dispuesta a llevar a cabo, mucho más pendiente de sí misma que de los problemas de una sociedad que ve en los políticos el mayor problema tras el paro y la situación económica.
Puede que la sociedad no vea en ningún partido ni en ningún líder la capacidad de acometer los cambios que se demandan. Y que de ahí derive en buena parte la nostalgia hacia una figura histórica que cambió este país, hasta que llegó «el cambio» prometido por González en su abrumadora e irrepetible victoria del 82, «cambio» que no fue tal, o que, en todo caso, no respondió a lo que de aquello se esperaba.
Si hay algo que no se le puede negar a Suárez fue que llevó a término las expectativas que en él estaban puestas y que demostró una capacidad de diálogo que ninguno de sus sucesores en el Gobierno tuvo.
Y, dados los tiempos que vivimos, la presencia en la vida pública de alguien dispuesto a hacer realidad las transformaciones necesarias con capacidad de diálogo rozaría hoy lo milagroso.
Se explica, así las cosas, tanta remembranza de una figura política que en su momento fue mucho más denostada que ensalzada.
Publicado inicialmente:http://www.lne.es/
02 febrero, 2010
producida por la cadena
Antena 3 emite el desenlace de 'Adolfo Suárez. El presidente'
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| Foto: Antena 3 |
MADRID, 2 Feb. (OTR/PRESS) -
Antena 3 estrena este miércoles, en 'prime time', la segunda parte de 'Adolfo Suárez. El presidente', película para televisión producida por Antena 3 Films (la productora cinematográfica del Grupo Antena 3) y Europroducciones TV, que repasa la trayectoria política y personal de Adolfo Suárez desde su juventud hasta el 29 de enero de 1981, fecha en la que presenta su dimisión como Presidente del Gobierno.
La primera parte, emitida el pasado miércoles 27 de enero, consiguió reunir a más de 3 millones de espectadores (3.059.000 y 15,9%). Ahora, esta segunda parte, narra como Suárez, en cuanto es nombrado Presidente del Gobierno, comienza a tener problemas. Rechazado por todos, tiene serias dificultades para formar gobierno; y la labor que se ha propuesto de democratizar España choca tanto con el Régimen como con la Oposición, que lo tildan de traidor o de franquista.
Cuando, venciendo las dificultades, convoca elecciones, surgen nuevos problemas: carece de un partido político que lo respalde; el terrorismo y la ultraderecha se empeñan en destruir el proceso democrático; hay una crisis económica galopante, y las medidas que debe tomar le enfrentan con todas las fuerzas políticas y sociales, incluido su propio partido. Y, lo que es peor, con la persona que siempre lo ha apoyado: su esposa Amparo.
Y tras la finalización de esta tv-movie, Antena 3 emite 'Adolfo Suárez. La Transición'. Este segundo documento informativo realiza un retrato sociológico de la España en la década de los 70; la que se encuentra Adolfo Suárez cuando llega al Gobierno.
El reportaje cuenta con las declaraciones, entre otras, de José Ramón Pardo, que describe el panorama de la música de los 70 cuando surgen los cantautores y explica cómo cohabitaban con los solistas y los grupos de rock. El sociólogo Lorenzo Díaz comenta la realidad de cómo éramos los españoles en los 70, cómo vivíamos, cómo evolucionaba la juventud, las vacaciones de entonces y la educación y las diversiones infantiles.
La televisión también era un mundo por descubrir. Bárbara Rey era la mujer de moda, mientras el 'Un, dos, tres' era el entretenimiento familiar por excelencia y 'Curro Jiménez' el villano más querido. También el deporte tendrá su espacio en el reportaje, en una época en la que los pocos deportista españoles 'de élite' como Severiano Ballesteros, Manolo Santana o Ángel Nieto eran considerados héroes por sus gestas deportivas.
La política Cristina Almeida comentará cómo era la vida de la mujer española en los 70, una época en la que casi no existían los derechos civiles, por lo que abrir una cuenta bancaria, comprar un electrodoméstico o viajar, estaba vetado a las mujeres que no contaran con el permiso de sus padres o maridos.
La música, el cine, el deporte, la España rural, la que compraba 'duralex' en Andorra y toallas en Portugal, la moda del pelo frito y la 'mariconera', el cambio de 'look' de la pana a la chupa, y otras cuestiones cotidianas que parecen tan lejanas en nuestros recuerdos, tendrán su espacio para el recuerdo en este especial.
fuente:http://www.europapress.es
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Noticias Nacionales
01 febrero, 2010
Entrevista actores. Rodaje Adolfo Suárez
Ávila acoge el rodaje de una miniserie de televisión sobre la vida de Adolfo Suárez, papel interpretado por Ginés García Millán. Toni Acosta -Amparo Illana- e Inés Morales -Joaquina Algar- le acompañan en el rodaje, a los pies de la Muralla.
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"Los actores en el rodaje"
Miniserie para Súper Suárez
Hay un lugar de trabajo donde se puede (o se ha podido) fumar: el rodaje de «Adolfo Suárez, el presidente». Algunas escenas de la Transición parecen el plató de «Aplauso». Si Toni Acosta se tuvo que poner lentillas marrones para interpretar a Amparo Illana, Ginés García Millán tuvo que volver a fumar. Lo había dejado tres años atrás pero para interpretar a Suárez retomó el vicio. Por exigencias del guión. Fumaba tanto durante el rodaje que llegó hasta a marearse. Pero lo dejó en cuanto terminó el trabajo. Y no se enganchó otra vez.
La serie de Europroducciones que hoy estrena Antena 3 empieza con la dimisión del presidente del Gobierno. Son las palabras de Adolfo Suárez («Hay momentos en la vida de todo hombre...») y la voz y la cara de Ginés García Millán. Después llega el 23-F, eje a partir del cual se desarrolla la miniserie con flashbacks de ida y vuelta al día del golpe de Estado. Se mezclan sonido e imágenes reales de Tejero en plano general con primeros planos de Ginés García Millán y Mario Pardo (Gutiérrez Mellado). El mecanismo del flashback hace que la narración resulte muy ágil. Y ya lo es la propia historia. Es decir, la vida de Suárez desde su juventud en Ávila al día del 23-F pasando por su ascenso desde el Gobierno Civil, su trabajo con Herrero Tejedor, su paso por la dirección general de TVE (y ese día que en lugar de retransmitir la boda de Alfonso de Borbón y la nieta de Franco puso a Bette Davis en «Un ganster para un milagro») o su protagonismo en la Transición y su dimisión.
Claro que es todo muy esquemático pero 150 minutos no dan para abarcar tanta intensidad histórica. Una vez emitida la miniserie habrá quien diga que si tal cosa no es cierta (la primera, que Suárez no tuteaba al Rey) o que si tal otra se la han inventado, sobre todo los diálogos íntimos, como ése en el que Suárez le dice a su mujer que van a recuperar el tiempo perdido con un «Te lo puedo prometer y te lo prometo» que suena a autoparodia, pero el espíriru y la emoción de la época están muy conseguidos.
«Adolfo Suárez, el presidente» está dirigida por Sergio Cabrera y el guión es de Juan Carlos Rubio y Carlos Ansorey. El equipo creador ha pretendido la construcción de personajes creíbles (pero sin labor de imitación), cuestión complicada cuando se trata de gente tan conocida como Felipe González o Santiago Carrillo (un estupendo Pep Cortés).
Uno de los puntos más atractivos de la producción es el reparto de actores formidables. Entre ellos, aparte de los ya citados, Francisco Merino como Franco, Pepo Oliva como Herrero Tejedor o la colombiana Juana Acosta como Carmen Díez de Rivera, personaje que está pidiendo a gritos una serie para ella sola.
31 enero, 2010
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Carlos Morey Mulet
Un gran demócrata, un señor, y el amor hacia España le han convertido en el referente político universal. Larga vida a Adolfo Suarez, que el sr. te vigile en su regazo.
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