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04 enero, 2008

SUAREZ FUE EL CAMBIO

29 octubre

Ayer celebraban los psocialistas, contando con los dedos, los veinticinco años corridos desde aquella victoria electoral en 1982. Tan significativo es para el PSOE aquel triunfo que han ido estos días calificando, al entonces electo Felipe González Márquez, el “Presidente del cambio”. Y esto es algo que llama mi atención y mi sospecha de que el psocialismo sigue imparable en la apropiación de los acontecimientos de la historia. Actualmente tenemos un presidente, Rodríguez Zapatero, que se declaró heredero de la II República, rojo de convicción, condenando, día sí, día también, al franquismo y señalando sus acólitos con el dedo acusador a todo aquel que se distancie de tal condena. Un presidente que insiste en borrar las huellas del pasado franquista, y viene a contarnos su particular visión de los hechos en forma de ley. No puede sorprendernos, entonces, que Felipe González sea, a pesar de Adolfo Suárez, el presidente del cambio. No le consideran continuador del camino democrático, ni el sucesor, sino el cambio, la “vuelta de la tortilla”. De pronto, parece que Felipe González y los psocialistas son los que trajeron la democracia a los españoles, las libertades y los derechos. ¡Cómo si el franquismo hubiera perdurado hasta aquel octubre del 82! Hombre –dirán-, de algún lado venía aquel Adolfo Suárez.

El cariño que el pueblo español tributa al recuerdo de aquellos años, tiene el nombre de Adolfo Suárez e incluso de Juan Carlos I, rey de España. El presidente de entonces, queriendo dar los pasos cortos y medidos, con precaución serena y conciliadora, era increpado por los continuistas del régimen, de un lado, y por los apologistas del cambio radical y la ruptura total de un plumazo, de otro; una moción de censura y el uso indiscriminado de los medios de comunicación, en pleno auge y explosión de la supuesta “libertad” –exenta de responsabilidad y seriedad- contra un presidente que rehuía esos mismos medios que ni informaban, ni contrastaban... simplemente publicaban el nuevo rumor y nuevo direte junto al antiguo dime, juicios sin fundamento pero devastadores, y alegres y relajadas interpretaciones de lo que se decía, trastocándolo al “¡lo que ha dicho!”. Lo dicho, casi nunca correspondía con lo que sobre ello se decía. Para el conocimiento de la calle, Suárez estaba mediando en la estúpida pelea española; y como siempre, el que media lleva las de perder. Erosionaron y calumniaron al presidente hasta derribarlo, en lugar de ayudar, los mismos que ahora aplauden su gestión –sólo porque sería un error frente a la sociedad no reconocerlo- al tiempo que se proclaman creadores y gestores del cambio. Posteriormente, estos aplaudidores del según sople el viento, probaron la misma enfermedad comunicativa que ellos propagaron y que no impidieron... ¡y no les gustó! Felipe González sufrió en sus carnes el mismo acoso y derribo que él y otros muchos empujaron contra Suárez. Justicia divina lo llaman, aunque, sinceramente, es más un efecto boomerang: a él le volvió con catorce años de mayor fuerza, y el golpe lo tumbó. Y es que, además, había material para tumbarlo. El que juega con fuego, se quema, es refrán que sirve para la politización de los medios y su uso, que, al final, disparan también por la culata.

Existe una entrevista, que data de 1980, a Suárez, donde uno encuentra a un político inusualmente sincero. Acaso fue esa la razón de que no se publicara. En ella, el presidente no se defiende, porque le faltarían horas para corregir las barbaridades publicadas sobre él, pero sí describe el ambiente de su alrededor. Intelectuales gallegos y políticos que reprobaban el Estatuto de Galicia como una ofensa, sin leerlo ni analizarlo, sino porque lo dijera Guerra o Fraga –canción de la que tenemos versión moderna hoy-, germen del opinar sin saber, y calar en el pueblo la ignorancia como verdad. Un presidente que sabe muy bien porqué el pueblo lo apoyaba en 1976, y no se arroga la bandera de la libertad como otros, sino que comprende que la población quería evitar la confrontación. Él sabe que le seguían porque “les apartaba de los cuernos del toro” y no había utopías en su cabeza con que embeberles.

Son ahora esos, los de las zancadillas, el insulto, el rumor o la mentira, los de la libertad y el cambio, quienes pretenden un hueco que, al final, la Historia –con mayúscula- no les ha dado. Por eso celebran su victoria en el 82 y no antes. Por eso, cuando se habla de Transición –también con mayúsculas-, por encima de todo luce el nombre de Adolfo Suárez sin nadie que esté a su altura, porque estaban ocupados en trastabillarle por abajo. ¡Quieren apropiarse del cambio! Para ellos la democracia empezó en 1982. Sólo saben mirarse a sí mismos, y hacen patrimonio suyo la historia –con minúscula- que más les interesa.



En aquella entrevista, Suárez clamaba:

Soy un hombre absolutamente desprestigiado. Sé que he llegado a unos niveles de desprestigio bastante notables... he sufrido una enorme erosión (... ) Yo sólo digo que me juzguen por mis obras. ¡Dios mío... que no son todas deleznables!

Quien dice esto, es el verdadero Presidente del Cambio –también, en mayúsculas. Dios, o quien sea, quiera darnos un presidente como aquel, que se alejaba de la prensa política y del político del “tam tam de la selva”, porque reconocía en ellos el cáncer de nuestra sociedad y el obstáculo para España. Pero no aprendemos, preferimos el “tam tam”; y Suárez se quedó solo, una soledad Histórica en un momento trascendental, porque otros quisieron pasar a la historia como lo que no fueron, usurparon un hueco a la medida, levantaron los brazos, se hicieron la foto triunfalista... ese es su mérito veinticico años después.


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